Intimidades monumentales de Paraná
FICER 2025
El hecho ya fue el centro de al menos dos crónicas y una gacetilla esparcida por muchos medios, y merece una mención más porque sirve para empezar a describir una de las subtramas más gratamente extrañas de la actualidad del cine argentino y la industria a su alrededor. Era la segunda jornada de la séptima edición del Festival Internacional de Cine de Entre Ríos, y la función de la película entrerriana La emboscada (dirigida por Mauro Bedendo, protagonizada por Osvaldo Laport y Roly Serrano) colmó las 800 sillas que se pudieron acomodar en el salón más grande del Centro Provincial de Convenciones en Paraná, muy probablemente por la asistencia de allegados de todos los entrerrianos involucrados en la producción pero también porque a dos cuadras de esa sede, en el cine Las tipas, La virgen de la tosquera de Laura Casabé había dejado gente afuera una hora antes. Como terminó pasando lo mismo en la función de La emboscada, algunos integrantes del festival se acercaron a la fila a avisar que en otra sede muy cercana se proyectarían The Mastermind de Kelly Reichardt y el corto entrerriano Intermitentes de Lucía OIiver. Una vez que la masa humana agotó esa función, se formó otro remanente que esperó un tiempo más y se quedó a ver Los inundados de Fernando Birri al aire libre. Gran parte de la historia se pudo observar desde la calle interna del Centro Cultural y de Convenciones La Vieja Usina, ocupada por food trucks y mesas para comer a las que se les habían estampado vinilos con el logo del festival. Los flashbacks eran inevitables: Carlos Pirovano soñando que hasta los individuales descartables de los restaurantes marplatenses tuvieran fotogramas de las películas del festival (se despertó y lo que vio no fue bueno). El intendente de General Pueyrredón festejando al patrimonio como “máquina de vender sushi y carne braseada”. La energía y plata depositadas en que el Bafici se beneficiara de un supuesto efecto derrame de espectadores menos especializados si los niños podían ir cerca de una sede a sacarse fotos con Leia o Aladdin. Y el FICER estaba transplantando espectadores de Laport a Reichardt un miércoles frente a nuestros ojos, como si fuera una pavada.
La realidad es mucho más compleja que esa anécdota, pero también arranca siendo muy impactante y viene siendo igualmente elogiada en las coberturas. El FICER tiene un marco normativo e institucional que parece un espejismo por lo positivo, con la ley provincial 10.937 sancionada en 2021 y el Instituto Autárquico Audiovisual de Entre Ríos ramificándose en toda dirección imaginable: fondo de fomento, cineclub, escuela itinerante, una cinemateca que logró abrirse espacio en un edificio-chiche que el gobierno provincial quiere convertir en un minihub tecnológico-científico, una gira delirante (y exitosa en la misma medida) por la provincia para proyectar y recolectar material en formatos analógicos conservado en casas e instituciones. Es un desarrollo meteórico e insólito para el contexto, que fue el elogio más repetido entre los invitados al festival, que se desprende de un trabajo finísimo de cintura y persuasión política y que parece haber sobrevivido (con tensiones internas y conflictos innegables, pero también con el apoyo de un ministro famosamente dialoguista y con un costado literario) al cambio de signo partidario en la provincia en 2023, a los resultados aplastantes en la provincia de La libertad avanza en las legislativas de octubre y a los centros que Frigerio le viene tirando al gobierno nacional. Los cineastas Maximiliano Schonfeld (presidente del IAAER) y Eduardo Crespo (director artístico del FICER) no se imaginaban hace unos años terminar teniendo estas responsabilidades, pero es evidente que ese involucramiento está siendo muy exitoso.
La séptima edición del FICER salió a superar cifras del año anterior (la edición que se hizo famosa antes de llevarse a cabo porque le ganó el estreno nacional de Grand Tour de Miguel Gomes a la primera gestión libertaria del festival de Mar del Plata), a exhibir la actividad de todo el organigrama del IAAER y a decir “Hecho en Entre Ríos” en todas las instancias posibles. Las tres versiones del spot incluían peliculas entrerrianas que pasaron por el festival, dos de los premios Tilda Thamar a la trayectoria fueron respectivamente para la paranaense Celina Murga y el histórico cinemovilero provincial Fabián Muteverría, los cortos entrerrianos en competencia se presentaban individualmente antes de cada largometraje de la sección oficial (un buen gesto de centralidad y una buena idea de convocatoria que no siempre dejaron dobles programas cohesivos). Hubo una función para los videominutos que se produjeron con la escuela itinerante, otra de cortos conservados en la cinemateca y otra (más bien una experiencia) en la que se superpusieron registros amateur y familiares en Super 8 (conseguidos en esa gira provincial de archivo) con tres proyectores acompañados de copleros y la banda Anajunno. Esa fue la última actividad especial del FICER, ya pasada la ceremonia de clausura, y cuando Anajunno hizo un cover de “Río Paraná” de Suárez la experiencia parecía una mezcla de la escena de Mad Men del pitch para Kodak con el momento en el que un DT hace un cambio solo para que la gente aplauda a un jugador que se está despidiendo. Era un festival mostrando los músculos.
Era tal el clima de amabilidad y acompañamiento del público que uno parecía estar en una especie de ucronía festivalera argentina, en otra época o directamente en otro país (los entrerrianos siempre tuvieron sus ideas al respecto, y que hayan instaurado una cinemateca solo lo refuerza). Además no es muy común la combinación de un festival de estructura más bien sencilla (alrededor de setenta películas entre largos y cortos, el director artístico armando pantallas inflables y llevando invitados en auto, el productor general moderando charlas, una programadora que se convierte en productora de invitados cuando comienza el festival) con la posibilidad de ofrecer entradas gratuitas en todas sus funciones, sostener un espacio de mercado y llenar un hotel cuatro estrellas entre invitados, staff y prensa. En la charla “Un cine del futuro IV” y en los discursos de las premiaciones varios cineastas argentinos navegaron sus catarsis, reclamos y preguntas sobre el contexto de la industria, y hasta Ignacio Agüero imaginó en su masterclass que si José Antonio Kast gana el balotaje los cineastas chilenos tendrán que empezar a fijarse en la situación argentina para ver si encuentran alguna respuesta a los potenciales recortes que sufran. El FICER no se aisló ni disimuló los problemas del contexto del cine nacional, y hasta el ministro recién mencionado admitió una situación “complicada” en la ceremonia de apertura. ¿Hasta dónde podrá crecer, o al menos seguir siendo semejante excepción?
El riesgo tal vez no sea tanto que el festival caiga en la volteada de una clásica histeria ajustadora sobre el gasto para algo como el cine argentino, porque esa retórica parece estar reservada para la oposición, este año se recuperó un apoyo del Incaa, los datos sobre la convocatoria parecen estar acompañando al crecimiento del evento e incluso el festival toma sus recaudos con la época: uno de los textos introductorios del catálogo habla de una nueva sede como "una alianza inteligente con el sector privado que fortalece la oferta sin representar un gasto para el festival” y las sumas de dinero de los premios oficiales tienen un asterisco para indicar de dónde salen esos fondos. El tema es si ese crecimiento no estará sosteniéndose en una creatividad presupuestaria que va más allá del grado de flexibilización y romanticismo por algo mal remunerado que ya tolera toda persona involucrada en cultura, porque desde ese punto pueden resentirse piezas fundamentales y todos los avances institucionales podrían entrar en el terreno peligroso de ser sostenidos como sea. El cine argentino todavía está asimilando el desenlace de una historia de ese estilo.
Los resultados llegaron tan rápido que tal vez las movidas de los cineastas y gestores culturales entrerrianos en la última decada no sean replicables en el resto del país sin la dosis de suerte de haberlas implementado en el momento político justo, y de que la burocracia y los intereses cruzados previos no se hayan extendido tanto en el tiempo al punto de ser inarticulables. Lo indiscutible es que el FICER es parte de lo que pasa cuando la comunidad se mete a fomentar, rescatar y difundir el tipo de producto que hace y conoce en vez de esperar a que las estructuras se materialicen o se arreglen mágicamente (un cineasta invitado fue más sucinto y dijo que los responsables del festival y el instituto “nos dejaron en offside a todos”). Cada tanto la política abre una ventana y se pueden ocupar espacios, renovar estrategias e ir poniendo ciertos cimientos. Si se resuelven tensiones internas, se alimenta el trato con los funcionarios y se junta gente idónea los festivales se encargan de devolver postales (sean con Agüero o Laport) para dejar felices a todos los implicados. Que el gobierno provincial sepa ver la encrucijada en la que está el FICER y actúe de la manera correcta sería otra feliz excepción a la regla.

