Send In the Clowns
Pequeñas serenatas marplatenses
El nudo de esta primera historia comenzó el jueves pasado, varias horas después de la publicación en La Nación de la entrevista del crítico Marcelo Stiletano a Carlos Pirovano (presidente del Incaa) y los codirectores del Festival Internacional de Mar del Plata, Gabriel Lerman y Jorge Stamadianos. A efectos de llegar al punto central tal vez no convenga hacer esto, pero hay que desviarse a resaltar algunos detalles de los testimonios en la entrevista que podrían pasarse por alto solo porque después se produjeron declaraciones todavía más insólitas:
Primeras palabras de Pirovano: “Italia hace 300 películas al año. ¿Por qué la Argentina tendría que hacer 300 películas [por] año?”.
Más adelante: “Nuestro objetivo es no politizar el festival, que es de todos los argentinos”.
Stiletano le pregunta por Fuera de Campo: “Nosotros nunca imaginamos no dialogar. Si el otro lado no quiere diálogo, no dialogamos. Pero si lo quiere hacer, somos gente de diálogo”. El año pasado el por entonces Contracampo lo invitó a él y a los codirectores del Festival a dialogar con la mesa de la que yo participé, dedicada a los festivales de cine en Argentina. Declinaron a último momento alegando falta de garantías de seguridad, o algo parecido.
Stiletano pregunta por la cantidad de estrenos argentinos estimados para 2026. Pirovano responde que “es falso” que hoy no hay rodajes en la Argentina y que “se está rodando muchísimo”. Dos preguntas después dice que “aproximadamente 15 copias” aplicaron a subsidios bajo la nueva normativa y que todavía hay “cosas de 2017” con la vieja normativa. Dice que es la prueba de que “se rodó bastante en los últimos tiempos”.
Admite públicamente que se está usando el Fondo de Fomento Cinematográfico para comprar bonos del Tesoro, pero no plazos fijos, acciones, opciones o futuros de soja. La misma Secretaría de Cultura indicó en un informe que Pirovano también puso $ 10.508.479.596 en un plazo fijo.
Recurre al truco muy actual de afirmar que se viene un incremento de fondos (el triple en convocatorias respecto de 2023), si es que se lo mide en dólares.
La palabra pasa a ser de Gabriel Lerman, que ejemplifica el objetivo de pluralidad del Festival apuntando a la coexistencia en la programación de un panel sobre cine israelí con las proyecciones de The Voice of Hind Rajab, que narra el asesinato de una niña palestina de cinco años por las Fuerzas de Defensa de Israel.
Todavía al lado de Pirovano, Lerman cuenta que “Mar del Plata está muy lejos para la mentalidad de la gente que vive en Estados Unidos o Europa” y que el festival dispone de un presupuesto “20 veces menor al de San Sebastián”.
El nudo de esta primera historia comenzó algunas horas después de que Pirovano llegara al Teatro Auditorium para la ceremonia de apertura del Festival. Antes de arrancar su camino por la alfombra roja (rodeada de aproximadamente 30 curiosos del renacer del esplendor y otras cuatro personas protestando con banderas de Palestina) saludó a Stiletano y le agradeció la entrevista para La Nación, y una vez ubicado en el step and repeat de la recova del teatro estrenó su secuela del clásico instantáneo “Yo dije que vi tiktoks”, volviendo sobre las virtudes del video corto como si fuera Patricia Bullrich describiendo una filosofía muy interesante:
El nudo de esta primera historia comenzó durante la ceremonia de apertura, en la que los coconductores se cansaron de repetir que el festival es clase A por la clasificación de la Federación Internacional de Asociaciones de Productores (“Nada que envidiarle a Cannes, a San Sebastián o a Venecia”, dijo uno) y en la que el presidente de la Federación, Luis Alberto Scalella, llamó a que defenderlo “entre todos” fuera una política de Estado. Pirovano y el Secretario de Cultura Leonardo Cifelli fueron mencionados sin un solo gesto de reprobación desde el público, y solo el Intendente Guillermo Montenegro sufrió unos abucheos. Los coconductores anunciaron que llegaba el momento “más especial, emotivo, hermoso de la noche” y el codirector Lerman presentó el premio Astor de Plata a la Trayectoria a Marilina Ross, invitando a “Marilina, nuestra marilina… mi Marilina” al escenario. La gran mayoría del público se puso de pie y le dio el aplauso más fuerte de toda la ceremonia. Cinco minutos después, una parte pasó a abuchearla:
No es que haya sido algo inesperado (al menos para quienes saben del apoyo de la artista por el kirchnerismo), ni que haya causado demasiado malestar en las autoridades (aparentemente sí en Cifelli, pero Pirovano estaba muy risueño poco después de la ceremonia y Lerman ya había dicho que era su Marilina y no podía retractarse), ni que haya provocado un terremoto en la discusión pública o mediática, aunque tal vez le haya dolido a Pirovano que el diario La Capital de Mar del Plata mencionara el hecho, teniendo en cuenta que posó con el director y pope empresarial Florencio Aldrey Iglesias en mayo de este año, cuando salió a la pesca de apoyos privados para el festival. El tema es que la dedicatoria de Ross (en conjunto con la recepción que tuvo) puso muy rápidamente en tensión el mensaje que las autoridades del Festival quisieron bajar sobre el atractivo del festival para audiencias y artistas de distintas ideologías, sencillamente porque ellos mismos están en el medio de esa contradicción con la gestión del Incaa. Quedaría el supuesto esplendor, que es lo único que parece intentar subrayarse desde la comunicación más inmediata del festival (de 55 historias de Instagram disponibles al escribir estas líneas la gran mayoría muestra a invitados y funcionarios, y solo dos son sobre el público), y que es permeable a los impulsos de los espectadores en una sala a oscuras, como pasó en la segunda función de Put Your Soul on Your Hand and Walk de Sepideh Farsi cuando se proyectó el spot de esta edición y comenzaban los títulos de la película.
Fuera de campo no está teniendo problemas para subir historias con imágenes de funciones agotadas o con muy buena asistencia, mechadas con las contribuciones de jóvenes con mucha onda que el evento repostea. Las totebags que compran los espectadores tienen más presencia en la ciudad que la publicidad estática del Festival. Los organizadores quieren extender más la vibra e intentan imponer un meeting point en el boliche Bora Bora, que compite nada menos que con el bowling del club General Pueyrredón como el local en el que debatir las películas vistas durante el día (esto amplió las tareas del equipo a turnos rotativos para coordinar sesiones de karaoke y hacer arqueos de caja junto a los dueños del boliche). El spot recibe aplausos y vitoreos y las funciones en fílmico terminan lisa y llanamente en furor (mientras el municipio retira los últimos proyectores en actividad del teatro Colón). Un problema señalable de la programación es que no pueda crecer en días o salas como para profundizar los balances (geográficos, de producción, de estilo) a los que pretende llegar en esta edición (y que no dejan de ser notorios), pero viene dando sorpresas positivas entre las elecciones menos obvias y es indudablemente un lujo absoluto en comparación con la del Festival.
SI hay un nudo tal vez sea que la primera actividad especial (la charla “La fractura entre la comunidad”) se encontró con algunos problemas prácticos, más allá del espacio limitado de la sede elegida por segundo año consecutivo o de la atmósfera estilo 12 hombres en pugna que se produce por la falta de ventilación y la extensión del debate. De las tres charlas de esta edición esta parecía, al menos en los papeles, la que permitiría sacar conclusiones e inspiraciones de algunas de las pocas experiencias positivas de difusión o militancia en el último año. Tal vez se abrieron demasiadas pestañas entre las distintas intervenciones o tal vez el contexto sigue agobiando a distintos actores al punto en el que persisten cuestiones más básicas o necesidades de hacer catarsis, pero en más de dos horas de debate salieron pocos puntos concretos (y no me refiero a respuestas) sobre los debates planteados de antemano. Se sintió como una charla que quería explorar las diferencias de escenario respecto del año pasado pero que terminó volviendo al desconcierto desde el que partieron las charlas del año pasado. De un comentario del público surgió un detalle muy específico pero significativo con el que Fuera de campo puede empezar a cambiar la tónica para esta edición: compartir la grabación de las charlas lo antes posible.

